Igualdad

La búsqueda histórica de los seres humanos por la libertad, la igualdad y la fraternidad en la convivencia social se constituye en exigencia filosófica primordial para la francmasonería. Por ello, la Orden ha levantado esos conceptos como principios teóricos que guían y orientan la conducta del masón en el mundo profano.

Es importante destacar que valor y sentido son categorías que aluden al carácter cuigualdadalitativo de la exigencia heurística y las demandas por los fines que persigue la igualdad, en tanto problema filosófico.

Se trata de una primera exigencia que llamaremos de contexto. Aquí no se trata de la igualdad como problema matemático, asunto que vamos descubriendo desde el primer momento de la educación formal en el aprendizaje de los dígitos cuando descubrimos que dos y dos son cuatro. De ello resulta que nos asombra CONOCER que dos es igual a dos. A continuación, como si se tratara de un juego al que damos una explicación lógica sorprendente concluimos que tres y uno son también cuatro. La complejidad del mundo matemático aleja tal vez a muchos en la medida que se descubren otras cuestiones cuyo estudio se aparta de este inicial hedonismo de la matemática elemental.

Algo similar puede decirse de la igualdad en geometría. Si hay igualdad o desigualdad en cuerpos y figuras es un asunto que apasiona a estudiosos y científicos pero su conocimiento no genera exclusión alguna. Así, por ejemplo,  un profesor de geometría y un obrero pueden encontrarse en el metro y ninguno podría reconocerse como diferente respecto del dominio de las cuestiones geométricas. En cambio, ambos tienen conductas que denotan la igualdad que los identifica: son seres humanos. Diversos en su singularidad, pero iguales al pertenecer a la misma especie.

La tradición Judea cristiana reconoce el origen del hombre en la voluntad de un Creador único. En el Génesis se afirma que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza. Estas dos palabras es probable que hayan sido largamente estudiadas para que aparezcan en el comienzo de lo humano. Semejante el hombre a Dios es una constatación del antropocentrismo de la aceptación del monoteísta cristiana y judía como hijos de un todopoderoso. Queda excluida toda posibilidad de que el hombre, por mucho que busque, persevere y se afane por el conocimiento y su perfección pueda alcanzar la igualdad. Los griegos del s. VI a.C., la época en que  surge la filosofía ya sabían  que los humanos son distintos y diferentes a los dioses. Se los recordaba el mito de Prometeo quien había intentado robar el fuego de la sabiduría a los dioses y por ello fue condenado a vivir eternamente atado con cadenas a una roca en cuya situación las aves de rapiña le devoraban los intestinos por el día y por la noche se regeneraban y así… hasta la eternidad. De no mediar la intervención de su amigo Hércules que lo liberó, todavía estaría allí sufriendo esta condena por pretender ser igual a los dioses.

Igualdad y desigualdad  entre seres humanos.

Desde la mirada religiosa del mundo todo parecía indicar que cualquier intento por alcanzar la igualdad entre los seres humanos o por buscar la verdad nos acercaría a la divinidad – asunto que los griegos aceptaban en la antigüedad – es una tarea inútil.

Hombres y mujeres son diferentes y el mismo génesis inaugura la teoría de los Géneros. La explicación científica de esta desigualdad de seres vivos pertenecientes a la misma especie podría acrecentar cierto escepticismo ante la búsqueda de la igualdad. El nihilismo nos prevendría que esa búsqueda de la verdad es una posición inútil. El solipsismo explicaría que ese afán solo puede conducirnos a un eterno dar vueltas sobre sí mismo.

Las reflexiones precedentes obligan entonces a pensar el fenómeno de la igualdad como un problema filosófico cuya mayor relevancia corresponde al dominio de la ética. Determinar el contexto en que se produce este pensar crítico y libre por la igualdad es una condición exclusivamente humana, como el lenguaje, inseparables de la condición histórica social de hombres y mujeres. El hombre, advirtió Aristóteles, es animal político. Por político se entendía social, que vive en la polis.

Es en el contexto de la vida social entre humanos que la igualdad se convierte en una exigencia del diario convivir. El reconocimiento y exigencia de la igualdad social, es decir, política, marca la

igualdad_02 historia de la humanidad. Marx reconocía un primer momento de igualdad en la comunidad primitiva en cuyo seno lo recolectado para vivir o lo ganado en las cacerías eran compartidos por igual entre hombres, mujeres y niños. La desigualdad- y con ello la injusticia- surgen con la aparición de la propiedad privada de la tierra y la división social del trabajo. Reconocer que la aparición de la esclavitud de un fenómeno social explicable por la generación de excedentes tras la domesticación de animales y el descubrimiento de la agricultura es indiscutible, así el analista no sea un materialista histórico. Usted podrá pensar que no le gustan las pirámides de Egipto porque le recuerdan los miles de esclavos sepultados en su construcción o que su posición es antiimperialista. Está bien, pero las pirámides están ahí como testimonio de una época en que la desigualdad social se aceptaba como un hecho natural.

El expediente a que se recurre con frecuencia para explicar la originalidad histórica de la igualdad social remite la cuestión al imperio babilónico que habría producido en el código de Hammurabi este hallazgo. Cuando se repite que la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos está garantizada en ese código en el supuesto ojo por ojo, se comete un error. En efecto, la ley de Hammurabi no dice ojo por ojo que sería la igualdad. Sino ojo por diente y diente por ojo. Si en una disputa un noble pierde un diente, el esclavo debe perder un ojo. Por el contrario, si el esclavo pierde un ojo, el noble solo debe perder un diente. Como puede apreciarse un diente no vale lo que vale un ojo. Como un noble no vale lo que vale un esclavo.

La referencia frecuente a la democracia griega como iniciadora de la igualdad está también signada por la filosofía de Platón quien tenia clara conciencia de su situación privilegiada como ciudadano.  Ciudadanos en el s. V a.C. no eran todos los atenienses. El filósofo postulaba que la sociedad ideal estaba dividida en posiciones diferenciadas. A la cúspide de la pirámide social, correspondían los ciudadanos y entre ellos, los filósofos por ser amantes del saber que se busca sin consecuencias materiales o pecuniarias. El filosofo como amante desinteresado de la verdad seria el mejor gobernante. La parte superior representa la racionalidad. Los guerreros tienen  como misión cuidar la ciudad, ir a la guerra. Representan al nivel medio y a ellos les corresponde la parte irascible. En el lugar inferior, los esclavos y a ellos les es natural la concupiscencia. Platón compara esa estructura social con el cuerpo humano. A los nobles corresponde la cabeza, a los guerreros el tórax y a los esclavos, el vientre. El equilibrio entre las partes y nunca la igualdad está garantizada por la SOPHROSINE, responsable del equilibrio social.

Aristóteles pensaba que los filósofos, en tanto ciudadanos, no tenían que ensuciarse las manos trabajando y para ello estaban los esclavos. En LA POLÍTICA llegó a expresarse en estos términos: “… nuestros nobles se consideran nobles no solamente en nuestro país sino en todas partes, mientras que los nobles entre los barberos son solamente nobles en su propio país…” (Barberos, primitivos, herejes, han sido calificativos descalificadotes para imponer la visión del mundo desde los opresores o detentores del poder).

En lenguaje posmoderno, la sociología descubre otro lenguaje: marginales, tercermundistas, subdesarrollados. Con la irrupción de regimenes dictatoriales en América latina muchos hombres y mujeres fueron al exilio europeo. En España, se los consideraba abiertamente desiguales y para no confundirlos se los estigmatizó como SURACAS.

El cristianismo sostuvo desde sus comienzos la idea de que todos los hombres eran iguales ante dios, el padre creador. La consolidación de las monarquías y su estrecha alianza con las altas autoridades de la iglesia dan cuanta de la injusticia social que creaba una desigualdad cada vez mayor entre monarquía y súbditos, como luego la acentuara entre burgueses y proletarios. No es un hecho casual que hubiera reyes y príncipes y altas autoridades religiosas a las que ase las  distinguía como príncipes de la iglesia.

SALUD, FUERZA Y UNION

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *